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Nace en Sevilla, un 13 de mayo de 1981. Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología en la Universidad de Granada y Doctor en Sociología por la Universidad de Sevilla. Cursó Máster Oficial en dirección y gestión de programas sociales por la Universidad de Granada además de un experto universitario en estudios culturales por la Universidad de Linnaeus (Suecia). Trabajó como profesor asociado en la Universidad de Sevilla, becado por el Centro de Estudios Andaluces y ha participado en numerosos proyectos de investigación financiados por convocatorias tanto nacionales como regionales como director e investigador colaborador. De esos trabajos ha resultado la publicación de diferentes, capítulos de libros y artículos en revistas científicas. Actualmente trabaja en la Agencia de Calidad Sanitaria de Andalucía, dependiente de la Fundación Pública Andaluza Progreso y Salud. donde desarrolla tareas de dotación de evidencia científica a los manuales de certificación de la calidad sanitaria, gestión del conocimiento, proposición de proyectos a convocatorias de concurrencia competitiva así como de proveer asesoramiento metodológico y científico.

Sus líneas de investigación abarcan: Seguridad del paciente, calidad sanitaria, capital social interno en organizaciones sanitarias, gestión del conocimiento, sociología del arte y la cultura, patrones de movilidad social intergeneracional o la construcción de indicadores sociales compuestos.


Manuel was born in Seville (Spain), 13th May 1981. BA in Political Science and Sociology at the University of Granada and PhD in Sociology from the University of Seville. He Studied a Master in Leadership and Management of Social Programs at the University of Granada and a University Programme in Cultural Studies at the University of Linnaeus (Sweden). He worked as an Associate Teacher at the University of Seville, granted at the Center for Andalusian Studies and has participated in a wide number of research projects funded by national and regional calls, both as main researcher and collaborator. Several publications, such as reports, book chapters and articles in scientific journals has resulted from these participations. He currently works at the Andalusian Agency for Healthcare Quality. At his current job position he is in charge of providing scientific evidence of healthcare accreditation models, elaborating project proposals for competitive calls and assissting with methodological and scientific advice and support. Nowadays, he is also associate teacher at the University of Seville.

His research lines include: mHealth, eHealth, Patient Safety, Healthcare Quality, social capital in healthcare organizations, knowledge management, sociology of art and culture, patterns of intergenerational social mobility or elaboration of composite indicators.

 

Publicaciones Recientes 

2015 Hand hygiene: health professionals' knowledge and areas for improvement.

2014 Predisposición ciudadana en España a utilizar canales de comunicación con el médico basados en internet.

2013 [Inter-rater reliability of healthcare professional skills' portfolio assessments: The Andalusian Agency for Healthcare Quality model.]

2012 El impacto del intercambio de música sobre la compra de discos y la asistencia a conciertos. El caso de España.

2011 El consumo cultural en España. Una aproximación al análisis de la estratificación social de los consumos culturales y sus dificultades metodológicas.

Artículo original publicado en Rasgolatente.es

No es casual que un libro como El Capital en el siglo XXI del economista Thomas Piketty haya superado todas las expectativas en términos de ventas. En el actual contexto global, con cotas de desigualdad social no vistas desde antes de la Gran Depresión, el discurso político, mediático y social se ha ido impregnando –poco a poco– de discusiones de índole socio-económica antaño olvidadas. El interés por estas cuestiones en nuestro país se ha rejuvenecido también ahora, tras siete largos años de profunda erosión de nuestra calidad de vida. No obstante, durante todo este tiempo, la movilidad social no ha sido un tema que haya entrado en el debate político-público. Explicaremos por qué hablamos de desigualdad y no de movilidad social.

Por qué no hablamos sobre movilidad social

La dificultad que hay para explicar la movilidad social y sus causas no dista demasiado de los problemas para dar cuenta de cualquier otro fenómeno social como la desigualdad, la pobreza o la justicia social. De hecho, movilidad y desigualdad social están profundamente interrelacionadas entre sí en lo que se conoce como la Curva del Gran Gatsby: a mayor desigualdad, menor movilidad social intergeneracional. Por ejemplo, si preguntamos a cualquier persona si considera que en su país hay pobreza, la inmensa mayoría contestará que sí. La personas, independientemente de su orientación política o ideológica, son conscientes de que existe la pobreza. Es un hecho socialmente perceptible e tremendamente difícil de negar.

Por tanto, comprimir el debate a si el éxito o el fracaso dependen, bien del esfuerzo individual o bien de las constricciones que sufren las personas desaventajadas, es demasiado reduccionista.

Sin embargo, cuando preguntamos sobre cuáles son las causas de por qué existe esa pobreza o esa desigualdad y, en última instancia, sobre cómo de justa es nuestra sociedad, la pluralidad de opiniones se dispara. Esas opiniones están sesgadas ideológicamente, pero también por clases sociales. Mientras que las clases populares, de pequeños propietarios y de trabajadores de cuello azul tienen su opinión mucho más definida, con tendencia a considerar la pobreza y la desigualdad como fruto de nuestro injusto orden social, las clases más privilegiadas, medias y altas de cuello blanco, no lo tienen tan claro. Tienen menos confianza en cómo se polariza el debate de las causas de la pobreza, debate planteado, en ocasiones, entre dos posibles causas, a elegir una: I) Las personas son responsables de sus propios actos y, por tanto, de su propia situación; o bien II) Las personas parten de orígenes sociales diferentes que les subyugan y condicionan el resto de su vida.

Estas clases privilegiadas consideran, en mayor proporción que el resto, que no son ninguna de esas razones. No sabemos cuáles, pero da la sensación que el debate les resulta incómodo. Hasta cierto punto, es normal. Muchas de estas personas han experimentado una movilidad social ascendente que les ha llevado a mejorar de posición social respecto a la de sus padres y madres. Este fenómeno social tiene un particular efecto psicológico. Estas personas son conocedoras de las dificultades que tuvieron que pasar sus padres para que ellas consiguieran mejorar de posición social y, siendo conscientes de su propio esfuerzo, tampoco pueden considerar que su origen fuese un impedimento. Por tanto, comprimir el debate a si el éxito o el fracaso dependen, bien del esfuerzo individual o bien de las constricciones que sufren las personas desaventajadas, es demasiado reduccionista. De manera natural, recurrimos a nuestra memoria, a nuestra trayectoria, a la de nuestra familia, para juzgar un fenómeno macrosociológico que se extiende por varias generaciones. Cualquier resultado empírico sobre la materia será puesto en tela de juicio porque, a fin de cuentas, nos adscribe como individuos en diferentes grupos: a) personas privilegiadas que heredan la clase social de su ascendencia, b) personas de orígenes privilegiados que han sufrido un descenso en la escala social, c) personas que han conseguido mejorar su posición y d) personas que no han conseguido mejorar su baja posición social y, o bien la han mantenido, o bien la han degradado. Es por este motivo por el que, en ciertos círculos, claro, discutir sobre movilidad social en una cena puede hacerse incómodo, pero hablar de Piketty, desigualdad y pobreza no. Hablar sobre movilidad social, como es comprensible, supone un ejercicio de juicio crítico sobre nuestras madres y padres, sobre las oportunidades que tuvimos o de las que fuimos privadas, así como del grado de acierto de nuestras propias decisiones. Abordemos ahora el concepto en cuestión.

Movilidad social para dummies

El concepto de movilidad social padece de una multiplicidad de significados que complican aún más su debate público. En primer lugar, nos encontramos con su homónimo en geografía humana con el que se estudia los movimientos poblacionales y los fenómenos migratorios. Este concepto, lógicamente, lo descartaremos de esta entrada. En segundo lugar, la movilidad social –ya sea de niveles educativos, ingresos o clases sociales– puede abordarse desde las trayectorias individuales –movilidad social intrageneracional– observando así la capacidad de las personas por mejorar a lo largo de su vida; o bien atendiendo a las trayectorias familiares –movilidad social intergeneracional–. La movilidad social intergeneracional hace referencia al movimiento de las personas dentro de la escala de posiciones de una sociedad. Este, como habréis podido comprobar, es el concepto que estamos trabajando desde el principio. El análisis sociológico en la materia se basa fundamentalmente en datos de encuestas –donde se les pregunta a las personas cuál era la profesión de su padre y madre cuando ella tenía 14 o 16 años– pero no solo. Hay casos, sobre todo en el norte de Europa, donde se han utilizado censos y partidas de nacimiento y mortalidad, pudiendo así crear un relato de la movilidad social que nos retrotrae hasta el siglo XVIII.

Por si fuera poco, este concepto de movilidad social intergeneracional sufre otra doble vertiente con adjetivos extraordinariamente ‘originales’: movilidad social absoluta y movilidad social relativa. Ambos están muy relacionados pero miden aspectos bien diferentes de una sociedad. La absoluta observa cuántas personas pasan de una clase a otra, generación tras generación. Esta tiene una carácter fundamentalmente descriptivo y, tal y como vimos anteriormente con el ejemplo de la movilidad social ascendente, es la más fácilmente perceptible a nivel individual. En 50 años la estructura de clases de nuestro país ha cambiado radicalmente y la percepción de un aumento de la movilidad social ascendente, en virtud de nuestra propia experiencia y la de nuestros allegados, ha tenido su fundamento histórico. A fin de cuentas, cualquier cambio económico de importancia tendrá su repercusión en la estructura de clase de una sociedad.

La movilidad social, en particular la relativa, es un fiel indicador de cómo se ha mejorado en igualdad de oportunidades a lo largo del tiempo.

Sin embargo, hay una cuestión de implicaciones políticas, y no solo económicas, considerables. Nos referimos a la movilidad social relativa. La relativa aborda, no tanto el cambio absoluto en la estructura de clases, sino las probabilidades de que, por ejemplo, la hija de un jornalero sea médico, respecto de las probabilidades de la hija de un médico, de ser médico. De este modo, la sociología puede observar, generación tras generación, si las probabilidades se van igualando, se van distanciando o se mantienen. Expliquémoslo con un ejemplo. Imaginemos una sociedad dada donde hace 50 años había cinco puestos de profesionales de cuello blanco (médicos, abogados, ingenieros, etc.). De ellos, solo dos de esas cinco personas eran hijas de trabajadores no cualificados (jornaleros, camareros, peones de la obra, etc.). Por el contrario, las otras tres posiciones las ocupaban descendientes de médicos, abogados, e ingenieros. Lógico, en parte se “hereda” la posición de clase. Es un efecto clásico. Hoy día sabemos que ha habido un cambio en la estructura social de dicha sociedad y ya disfruta de no cinco, sino diez puestos de trabajo de estas características. El progreso y la modernización han llegado. No obstante, de esos diez puestos, únicamente cuatro los ocupan hijas de trabajadores no cualificados y seis los siguen ocupando hijas de profesionales de cuello blanco. Las proporciones no han cambiado. No ha habido mejora en la movilidad social en términos relativos. Aun así, queda un sustrato latente en el imaginario colectivo de que ha habido una mejora de la movilidad y de la igualdad de oportunidades. Como con casi cualquier fenómeno, la valoración que hacemos del mismo depende de dónde pongamos la mirada.

Movilidad social en nuestro país

Hace cuestión de solo unos meses se publicó La Movilidad Social en España de Ildefonso Marqués-Perales. Es, probablemente, el compendio sobre la materia más completo y actualizado de los últimos 15 años. Han pasado muchas cosas en este periodo desde los trabajos de finales del siglo XX de Javier Echeverría y Julio Carabaña, pero más bien poco en lo relativo a la movilidad social. En resumen, las tasas de movilidad social ascendente, tanto para hombres como para mujeres, no solo se han congelado sino que han comenzado a caer a partir de la década de los ’90, situándose en cifras de mediados de los ‘70. Y eso, sin contar con las actuales generaciones de jóvenes que hoy en día sufren altísimas tasas de sobreeducación, dado que, en movilidad social, la investigación ha convenido fijarse solo en aquellas personas que han llegado a su madurez laboral, es decir, a los 35 años. Igualmente, Marqués-Perales comprueba cómo España sigue siendo, junto con Grecia, Portugal e Irlanda, uno de los países con las tasas de movilidad social relativa más bajas de Europa, frente a Suecia, Dinamarca, Finlandia e Islandia que se sitúan a la cabeza. Sí. Menuda sorpresa.

La movilidad social, en particular la relativa, es un fiel indicador de cómo se ha mejorado en igualdad de oportunidades a lo largo del tiempo. Nos habla de cómo la sociedad en la que vivimos ha permitido que sus miembros desplieguen todas sus potencialidades y sus orígenes sociales no hayan supuesto ningún menoscabo para su pleno desarrollo profesional. Potenciar la igualdad de oportunidades para aumentar la movilidad social no es un objetivo finalista en sí mismo. Su abordaje también implica atender a la igualdad de resultados, es decir, atender a las desigualdades sociales y económicas de una sociedad. Estas desigualdades pueden abordarse con intervenciones más a corto plazo y con resultados más inmediatos (como las reformas fiscales), pero la movilidad social implica desarrollar políticas que den pocos resultados al finalizar una legislatura. Entraña compromisos políticos solo alcanzables con sólidos pactos de Estado en educación, familia, mercado de trabajo, bienestar, etc., de muy largo recorrido. Movilidad y desigualdad social son las dos caras de un mismo fenómeno, el camino hacia la justicia social, y que hoy día debe situarse en el núcleo del debate público y político. Y no es para nuestra generación. Será para la próxima. Pese a que nos cueste hablar sobre el tema.

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